sábado, 15 de octubre de 2011

Carta a un tipo como yo


En este momento que escribo tengo una antigüedad de 54 años. Estos cuatro últimos formo parte de esa cifra de seres humanos que no encuentran hueco en el mundo laboral y de esos mismos hombres y mujeres que esperan al Godot que por supuesto nunca llega. Hoy salgo a la calle a mostrar una vez mas la impotencia en forma de pasos. Voy a manifestar mi rabia y unir el grito a otros muchos seres vivos que están en la misma isla olvidada en la que me encuentro. No levanto ninguna bandera, solo voy a manifestar en el espacio universal que es la calle, una manera de decir basta. Lo mejor de todo es que a esa misma hora millones de personas harán lo mismo. Esto quiere decir que como yo, al otro de todos los charcos y fronteras hay una vida que apuesta por un mundo que nada tiene que ver con el que hemos construido entre todos. Y aquí la autocritica es un grado muy importante. Un día tiempo atrás confiamos en las palabras, en los proyectos,en las consignas, en las banderas y en hombres y mujeres que formaban siglas. En movimientos obreros que organizaban legiones de obreros en cualquier conato de despido. Hoy todo aquello forma parte del pasado.
 
Quienes piensen que la vida será igual a la que hemos conocido en esa narcotizante década pasada que vaya cogiendo hora para una cita personal con la tarotista de su barrio o el psicólogo argentino afincado al uso. Se acabo aquel espejismo y el estallido colateral ahora nos despierta del coma interesado. Estamos a las puertas de un cambio tan grande que caben todas las cabalas, todos los presagios y sobre todos ellos un océano inmenso de incertidumbres. Nadie se atreve a predecir nada, ni siquiera los mas altos cualificados brujos furtivos son capaces de adivinar como sera el próximo lustro, pero necesariamente la vida no puede seguir solo para unos. Moralmente el norte a secado la vida del sur y ahora sus esquirlas humanas se ahogan cerca de los cayucos en un Dorado que ya no existe ni ha existido nunca, salvo en los cierres finales de los grandes oligopolios. Salgo a la calle con un sueño y una deriva. Quiero formar parte de todas esa gente que tal vez sienta lo mismo que yo. Cuando uno mira de frente y ve humanos al unisono una fuerza imprevisible hace que los sueños puedan ser posibles o al menos cercanos. La calle esta triste, la gente también. Hay como un compás de espera inquieto. Es un tiempo donde esperamos que el volcán indignado comience a soltar esa lava solidaria y deseada que tampoco sabemos donde tendrá la parada mas próxima. Todos y todas somos conscientes de la situación y aunque solo sea por una vez, seamos honrados y sinceros ante la grave situación del mundo. Y que en el fondo de nuestros miedos se agazapan las incógnitas de lo que esta por venir y sabemos que hay un polvorín en manos ajenas o de todos que nadie sabe los efectos colaterales de su estallido. Y sin embargo todo se desarrolla como si la vida en esta parte del planeta fuera ajena a la realidad. Esa es mi impresión. Todo se ha devaluado y ahora el trueque en muchos casos forma parte del no negocio pero si de la subsistencia. Se acaba la pasta y la solidaridad. Las banderas, las ideologías, y los hombres buenos a medias. En realidad lo que se acaba es la palabra. Y si esto ocurre, el desenlace sera apasionante. Tu y yo de momento lo vamos a vivir y eso me carga las pilas pase lo que pase. No te olvides que la vida es un paseo tan corto como este escrito.

( Todo es relativo, subjetivo y abstracto. Y yo solo se que no se nada )